Mi primera Ruta de la Sal…

Para todo existe una primera vez. Recordamos nuestro primer beso, nuestro primer amor, nuestro primer coche, nuestro primer trabajo, y algunos hasta su primer matrimonio o primera cana.

Y para los que un día empezaron a navegar,  seguro que también recordarán su primer Ruta de la Sal.

Conforme pasan los año, y uno va acumulando millas en su Cuaderno de Bitácora, las experiencias vividas en el mar tienden a engrandecer. De forma análoga a lo que les sucede a los pescadores, todos sabemos que estos tienen ese especial «don» de poder engordar a los peces, que sean más grandes y pesen más cuando salen del agua… Los navegantes son algo parecido:

-¿Recuerdas aquella tormenta que vivimos? ¡Si, si me acuerdo perfectamente, las olas eran de 5 ó 6 metros!.

Probablemente no eran más de 3 ó 4 metros… Forma parte de la épica de la navegación. Zarpar desde un lugar en un velero que sólo es impulsado con unos «trapos», cruzar un espacio de agua,  en el que la mayoría del tiempo estas solo y no hay cobertura,  y finalmente llegar a otro lugar distinto,  sigue siendo una gran aventura.

La Ruta de la Sal, para los que hemos crecido a estas orillas del mediterráneo, siempre ha contribuido a dar ese salto, a cumplir esa experiencia. Cualquiera que se ha iniciado en la navegación ha sentido la necesidad de culminar una travesía de altura: salir del punto A y llegar al punto B. No hace falta que seamos apasionados regatistas con espíritu competitivo para participar en un evento en el que el reto sigue siendo salir de Barcelona y llegar a Ibiza. 140 millas náuticas de distancia en las que además vamos a vivir una auténtica fiesta de la vela. La Ruta de la Sal es de facto el anuncio y pistoletazo de salida de la temporada náutica. Guardamos los skis,  y desenpolvamos las velas.

Con este artículo pretendemos compartir nuestra primera Ruta de la Sal. Animar a todos aquellos que lo hicieron y quieran relatar lo que sintieron, y si la experiencia les marcó en sus siguientes singladuras. Con estos relatos pretendemos que aquellos navegantes que se están iniciando o que aún no han participado en ninguna Ruta de la Sal, puedan hacerlo, y sobretodo,  que de la mano de otros naveagntes, conozcan un poco más sobre esta apasionante regata de altura.

Ahí va mi experiencia:

No recuerdo el año ni la edición,  pero sólo puedo deciros que en aquel entonces se zarpaba del Real Club Marítimo de Barcelona y se llegaba a la ciudad de Ibiza. Mi experiencia era nula y acababa de sacarme el PER. Mi infancia había estado siempre marcada por el mar. Primero con la pesca submarina, la apnea, el submarinismo, y después con mi recién adquirida pasión por los barcos, a los que no les hacia demasiado caso cuando mi interés se centraba con lo que sucedía por debajo de la linea de flotación. Fué una salida desde Masnou,  con un amigo que tenía un velero de sus padres, que me hizo sentir algo especial, algo distinto que me cautivó y que hoy en día sigue haciéndolo. Salir de un lugar y llegar a otro: «el viaje en su esencia», despojando al mismo de las variables del tiempo y la velocidad. Empecé a soñar viajes, destinos infinitos y viviencias en otros lugares sin más limite que el de dejar que unas velas se hincharan con el viento y me empujaran. Debo advertir que me encataba la lectura y rápidamente me nutrí de los clásicos: desde Moby Dick de Melville, o la serie de Capitán de mar y guerra de Patrick O’Brien, hasta Eric Tabarly, Bernard Moitessier, o Sir Francis Chichester, sin olvidar a nuestro escritor nacional y académico más náutico, Arturo Pérez Reverte, uno de mis principales referentes.

Acabado el curso del PER, y con los ánimos en todo lo alto, un grupo de amigos nos decidimos a tomar parte de nuestra primera Ruta de la Sal. Los conocimientos mínimos, pero con la valentía de la inconsciencia hicieron el resto. Alquilamos un velero de 40 pies y nos plantamos en el RCM de Barcelona dispuestos a darlo todo. El parte no era demasiado bueno y los rumores de posible anulación rondaban por el ambiente. Nosotros, como novatos que eramos, y durante la habitual cena del miércoles, nos acerbábamos, entre plato y plato de fideua, al resto de navegantes mucho más avezados y les preguntábamos todo aquello que se nos pasaba por la cabeza, a sabiendas que nos faltaba mucho por aprender. Pues bien, al día siguiente allí estábamos en la linea de salida dispuestos a codearnos con el resto de la flota. Rápidamente, y después de las primeras millas en viento fue arreciendo tal como se preveia, y las condiciones se volvieron duras. Inicialmente  fuimos controlando el barco,  pero con más de una orzada y con riesgo a trasluchar. Se hizo la noche y las condiciones, lejos de mejorar empeoraron. En un momento alcanzamos los 40 nudos y el mar ya estaba muy formado. La temida trasluchada involuntaria llegó y con ella la escota de la mayor se rompió. Botavara incontrolada durante demasiado tiempo, casi interminable, pero finalmente pudimos remplazarla con una amarra que encontramos en uno de los tambuchos. Cualquier maniobra a partir de ahora debería hacerse con extremo cuidado. A todo esto, la génova gualdrapeaba ferózmente hasta que pudimos recogerla para evaluar daños. Habíamos perdido la escota y esta se había liado con nuestra hélice al caer al agua, hasta hacer parar el motor en seco.

Después de volver a poner el barco a rumbo, la evaluación de los daños era que teníamos una escota de mayor de respeto, la génova sólo tenía una escota por lo que no podíamos virar, al menos directamente, y no teníamos motor, algo que nos preocupó menos inciialmente ya que el argumento era sencillo: estábamos en una regata y teniamos que ir a vela, auqnue no contábamos que nos faltaban casi cien millas para Ibiza, y tampoco podíamos cargar baterías.

Así transcurrió toda la noche hasta que el día llegó, y con él una temida rolada de viento a sur que nos impedía poner rumbo directo. Si en el mar algo puede empeorar, normalmente sucede… En estas condiciones íbamos navegando a la estima y anotando las supuestas posiciones en cada virada. Con 25 nudos de proa, los bordos eran interminables, máxime teniendo en cuenta que sólo teníamos una escota y en cada virada debíamos volver a hacer firme el puño de escota en la banda contraria, además de vigilar la escota de la mayor que no nos ofrecía muchas garantías.

Finalmente conseguimos llegar a Ibiza a las tres de la mañana del ya domingo. En cuanto cruzamos la linea de llegada, la organización dispuso de una embarcación para que nos remolcara y pudiesemos entrar a puerto sin mayores problemas.

La fiesta había acabado, pero nosotros a pesar del cansancio acumulado estábamos pletóricos: habíamos completado nuestra primera Regata Ruta de la Sal y a pesar de todos los incidentes, la experiencia nos había aportado una valiosa experiencia. Si de algo estábamos seguros es de que algo se había activado en nuestro interior que nos decía que repetiríamos.

Si te apetece contar tu primera Ruta de la Sal nos encantará publicarla. ¿Te animas?

Contacta con nosotros¡Cuéntanos tu experiencia!

Y si quieres Participar como tripulante en la Ruta de la Sal de la próxima edición no dudes en contactarnos. Tenemos varias embarcaciones disponibles tanto en la versión norte de Barcelona, como en la versión Denia. ¡Te esperamos a bordo!

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